Bajando la rúa Manuel de Castro, camino de Balaídos, mi padre me habló por primera vez de José Carlos Suárez, Nené Suárez, el futbolista que más admiraba. Lo hizo con los ojos muy abiertos: “Luci, Nené tenía el mayor de los talentos. El mejor jugador del Celta entonces. Y yo tuve la suerte de jugar con él en las categorías inferiores”. Fue la primera vez de muchas. Yo fingía interés porque cuando mi padre me hablaba de futbolistas de los años setenta todo me sonaba antiquísimo. Al llegar al estadio, me compraba algo de comida, me subía la cremallera del chubasquero hasta rozarme la barbilla y me ordenaba que me sentase.Hace una semana fui yo la que le subió la cremallera del abrigo a mi padre —siempre se le atasca—, le acomodé el gorro para taparle las orejas y le dije que se sentase porque llevaba horas arrastrando un intenso dolor de espalda y de pies por todo Belgrado. Estábamos en el Rajko Mitic viendo la eliminatoria de Europa League del Celta frente al Estrella Roja. Mi preocupación por los tramos de escaleras excesivos, el frío o el cansancio seguramente se pareció bastante a la que él tenía en los años noventa cuando me llevaba a ver el fútbol siendo yo una cría. Entonces yo solo veía el partido, él veía también los riesgos. El otro día yo no solo vi el partido, también los riesgos. Así que pensé que es muy cierta esa campaña reciente y preciosa de LaLiga que dice que la vida es lo que pasa entre que tu padre te lleva al estadio y tú lo llevas a él.Con el paso de los años los padres se vuelven personas permanentemente preocupadas, si no angustiadas, por el futuro. Viven en un estado de anticipación constante: sacar la tarjeta de embarque con toda la antelación posible, plantarse en el aeropuerto cuatro horas antes del embarque —si hay control de aduanas, siete—, reservar el taxi para el desplazamiento, apurar la marcha para que el supermercado siga abierto a la vuelta, a qué hora quedamos, cómo vamos, cómo volvemos, se podrá pagar en efectivo, se podrá pagar con tarjeta, en qué rendija habrá que poner la entrada al pasar el torno, y si hace frío, y si hace calor. Pero durante un partido de fútbol los padres están en el presente.En el estupendo libro The Footballer Who Could Fly, Duncan Hamilton habla de fútbol, pero sobre todo habla de su padre, un devoto del Newcastle United. Jim Hamilton era un minero lacónico y taciturno forzado a mudarse a Nottinghamshire por el cierre de las minas de carbón. La relación con su hijo Duncan se reducía casi exclusivamente a conversaciones sobre fútbol: “Sin fútbol, éramos extraños bajo un mismo techo. Con él, éramos padre e hijo”, escribe. El momento más conmovedor del libro es cuando instintivamente coge el teléfono para hablar con su padre sobre un resultado futbolístico sin importancia. Una llamada sin respuesta porque su padre había fallecido recientemente.Creo que recordamos con nostalgia momentos futbolísticos con nuestros padres porque son instantes que sobresalen entre nuestros recuerdos de ellos en casa. Padres un poco o muy ausentes por el trabajo, más o menos inexpresivos, cansados o preocupados, de los que cada domingo éramos capaces de descubrir una versión diferente: más exagerada, supersticiosa, pasional, liviana, como si el fútbol abriese una grieta por la que se colase otra personalidad más emocional.El fútbol, que sostiene muchas cosas bajo su aparente superficialidad, actuaba como catalizador de intimidad, quizá porque tampoco exigía demasiados esfuerzos. En cualquier caso, tranquiliza saber que siempre habrá algo compartido con un padre si existe un estadio al que seguir llegando.

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